Un alce en Cukotka

Tierra inhóspita pero fascinante

Cukotka es una península que constituye el extremo nororiental de Siberia, de Rusia y del continente asiático. Está enfrentada a la americana de Seward, siendo ambas los extremos del estrecho de Bering. Administrativamente, es parte del distrito autónomo de Chukotka de la Federación de Rusia. Bañada por las aguas del mar de Chukchi, al norte; por las del mar de Bering, al sur; y por las del estrecho de Bering, al este, tiene una longitud máxima de unos 960 km en dirección SE-NO, con una anchura en el istmo de unos 500 km. Su anchura media es de 300-400 km, aunque en el extremo oriental tiene una subpenínsula de unos 200 km de ancho (con una superficie aproximada de unos 50.000 km²). A veces, solamente esta subpenínsula es considerada como la península de Cukotka.

Sus costas comienzan, al oeste, en la desembocadura del río Chaun (en la bahía Chaunskaya) y finalizan, al este, en la desembocadura del río Anádyr (en el golfo del Anádyr). En el extremo oriental de la península está el cabo Dezhneva (cerca del asentamiento de Uelen), que es el punto más oriental de Asia. En el borde oriental, en el estrecho de Bering, también se encuentran la bahía de San Lawrence y la bahía de Kresta.

Una tundra monótona y plana, salpicada de ríos y vegetación con los colores del inicio del otoño.

La península ha sido tradicionalmente el hogar de los nativos chukchi, que siguen viviendo en ella junto a otras etnias  (yupiks siberianos, esquimales sireniki, koryaks, chuvanos, evenos-lamutos, yukaghirs)  y algunos colonos rusos.

Encontrábamos huellas de osos por todas partes.

La principal actividad económica es la minería, con explotaciones de zinc, oro y carbón, pero cuando los cazadores pensamos en esta región, lo primero que nos viene a la mente son los alces más grandes del mundo. Estos animales fueron traídos de Kamchatka en los años 60 del siglo pasado, y se aclimataron tan bien, que hoy forman parte de su fauna.

 

Su número es considerable, pero debido a la ausencia de carreteras, las cacerías suelen concentrarse a las orillas de dos grandes ríos, el Omolon y el Anádyr, aunque llevadas a cabo casi en exclusiva por gente de la localidad, motivo por el cual la presencia de los amantes de la cinegética extranjeros es prácticamente nula. Por esa razón y por el deseo de conseguir alguno de sus enormes trofeos me decidí a iniciar esta aventura. En ella embarqué a mi amigo Danilo, compañero de varias cacerías anteriores en Europa y África y, después de un interminable vuelo vía Moscú, llegamos al curioso aeropuerto de Anádyr, situado en una isla frente a la ciudad de la cual lo separa el enorme río del mismo nombre. En ese punto, la masa de agua tiene una longitud de cinco kilómetros, helado durante ocho meses al año, tanto que soporta el paso de camiones de más de 40 toneladas. En verano, por el contrario hay un servicio regular entre el aeropuerto y la ciudad en las veloces hoovercrafts

Danilo en el campamento.

Sin embargo, preferimos otra solución, volar en helicóptero directamente a la zona de caza. Subimos con el piloto y un guía al que conozco desde mi primera aventura tras los grandes osos en primavera, Misa, en un pequeño Robinson de cuatro plazas. Después de un par de horas de vuelo por encima de una tundra monótona y plana, salpicada de ríos y vegetación con los colores del inicio del otoño, bajamos en medio de la nada para descargar un bote de 200 litros de gasoil que dejan en medio de la tundra como reserva para viajes largos.

 

Otra hora y media de vuelo y aterrizamos sobre una playa de grava donde nos esperaba otro guía y piloto, Timofej, con dos tiendas con camas, sacos de dormir y todo el equipo necesario, junto a dos barcas. En ese punto comenzó la verdadera aventura, ya que después de beber el té tradicional con nosotros, el piloto partió, dejándonos en medio de la  nada.

Estábamos a 400 kilómetros de cualquier punto donde hubiera personas. El plan era seguir la corriente del río, donde saben que hay muchos alces y osos. La verdad es que en la misma playa encontramos huellas recientes de tres osos de distintos tamaños y de un alce macho grande. Teníamos tiempo hasta la noche, que Danilo aprovechó para hacer una pequeña exploración por los alrededores, mientras yo, con una pierna un poco dolorida intentaba pescar. Misa afirmaba que en un punto más arriba del río tendría más posibilidades, pero me contenté con probar suerte delante de las tiendas y ¡bingo! Después de tres o cuatro lances conseguí un lucio de respetables dimensiones, unos cuatro o cinco kilos.

Por la mañana cargamos todo en las barcas y dejamos que la corriente nos llevase río abajo. Es un viaje monótono, las orillas están cubiertas de un bosque impenetrable que, aunque no muy alto, sí que es espeso y la única posibilidad de ver animales son las playas que se abren después de cada curva del río. Había muchas huellas, tanto de osos como de alces, por lo que creíamos tener posibilidades, aunque también exploraríamos varios meandros convertidos en humedales poco profundos donde los alces van a comer y se podrían divisar gracias a que la vegetación no es muy alta.

Debido a mi pierna dañada, dejé las fatigosas exploraciones en manos de Danilo, y lo esperaba en la orilla del río, bebiendo té y pescando. Al atardecer amarramos en una playa de arena y preparamos la cena, a base de una magnífica carne de alce cobrado días atrás… Y a dormir. Así pasamos los cuatro días siguientes, navegando, explorando meandros y contemplando acuáticas sin ver un solo mamífero. Con todas las huellas que habíamos visto (y que eran centenares) no tuvimos la suerte de encontrar un animal en abierto. ¡La suerte es una diosa caprichosa! Recuerdo un viaje similar que hice con mi hijo algunos años atrás, donde vivimos las mismas circunstancias. Pero la caza es así y no se puede hacer nada más que esperar.

Finalmente, el quinto día, mientras pescaba en la playa escuché un tiro procedente de unos meandros que Danilo exploraba con los guías. Minutos después, otro disparo. Fui en dirección hacia donde venían los disparos y, a unos centenares de metros, encontré a mi amigo con los guías y un alce enorme. Danilo estaba tan excitado que apenas podía relatarme el lance; finalmente pude entender que habían visto en medio de la vegetación, a unos 200 metros, solo las puntas de la cuerna del alce, que tenían viento bueno pero no podían arriesgarse a un acercamiento. Finalmente subieron a un montículo desde donde se pudo realizar el disparo al cuello del animal. Un lance verdaderamente apasionante e inolvidable.

La pesca es otro de los entretenimiento que ofrece Cukotka.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al acercarme puede contemplar al animal en el suelo. Era enorme, debía de pesar unos 800 kilos, si no más. Con grandes cuernas, simétricas y con bastantes puntas, con una envergadura de alrededor de 180 cm., con las partes superiores de color rosa, muy simétricas y bien desarrolladas. Un verdadero trofeo. Empezamos a desollarlo y, a pesar de ser tres, nos llevó varias horas terminar nuestro trabajo. De pronto, empezó a llover. El cielo, que durante los últimos días había sido de un azul intenso, se cubrió de negros nubarrones que dieron inicio a una tormenta con agua y viento, lo que llevó a que las temperaturas bajaran casi a cero. Agotados, logramos llevar el trofeo al campo y entrar en las tiendas para calentarnos.

Danilo preparado para salir de exploración.

Tiendas con camas de campo.

 

 

 

 

 

 

 

El día siguiente el temporal continuaba, los guías se pusieron en contacto con los pilotos del helicóptero y les confirmaron que el tiempo continuaría así por lo menos una semana. Nosotros teníamos el vuelo de regreso en cinco días. Por otra parte, nos avisaron que solo sería posible hacer tramos cortos de vuelo cuando el cielo se abriera por unas horas. Con todo el dolor de mi alma decidí renunciar a mi alce de Cukotka… En fin, ya tenía uno cobrado con anterioridad en Kamchatka. Al día siguiente llegó un helicóptero que nos dejó a 400 km. de Anádyr porque la tormenta no lo dejó llegar hasta la ciudad. Y así terminó esta aventura de caza en aquella inhóspita pero fascinante tierra.

Sergio Dimitrijevic

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