Joseph Thomson (1858-1895)

“Si tuviera fuerzas para ponerme las botas y caminar cien metros, me iría otra vez a África. Estoy condenado a ser un vagabundo”

Este geólogo, naturalista y explorador escocés, fue quien definitivamente abrió el interior de Kenia a las potencias decimonónicas de Occidente. Sin embargo, la historia no ha colocado entre los grandes de la exploración pese a ser probablemente el más genuino de ellos. En el Este de África, para ir de las costas del Índico hasta los grandes lagos del interior, la ruta practicada desde la antigüedad por los esclavistas árabes era el camino más corto, pero también el más peliagudo.

Joseph Thomson en el campamento. (De un antiguo grabado aparecido en Joseph Thomson, explorador africano, por el reverendo J.B.Thomson).

Llegado al continente africano con el ansia de viajar, y amparado en su juventud e inexperiencia, pero con el alma romántica y libre (se consideraba a sí mismo un viajero antes que otra cosa), vivió siempre sus aventuras con pasión, de ahí que falleciera tan joven, pero entusiasmado con sus logros.

Joseph Thomson se consideraba a sí mismo un viajero antes que otra cosa. Vivió sus aventuras con pasión, de ahí que falleciera tan joven, pero entusiasmado con sus logros.

Con sólo veinte años, en 1878, participó en una expedición de la Royal Geographical Society liderada por Alexander Keith Johnston. A la muerte de éste por malaria, guió a la expedición a través del territorio entre los lagos Nyasa (Malawi) y Tanganyika, pero un intento de incursión en el Congo resultó frustrado por el ataque de los nativos waruwa. Regresando a la costa por Tabora, el grupo liderado por el joven Thomson descubrió el lago Rukwa (en la actual Tanzania). Los detalles de este primer viaje quedaron plasmados en To the Central African Lakes and Back (1881).

La segunda expedición de Thomson no alcanzó gran relevancia. El sultán Bargash, de Zanzíbar, sospechaba que junto al río Rovuma, en la frontera actual entre Tanzania y Mozambique, se encontraban ricos yacimientos de carbón, y en 1881 financió un viaje de prospección a la zona, para lo cual contrató al geólogo Thomson, quien cumplió su misión. Sin embargo, luego se descubrió que no existían tales yacimientos. Viéndose frustrados los sueños del sultán y furioso por el fracaso, rehusó enviar un barco de rescate a la expedición y se negó a recibir a Thomson durante tres meses.

En 1883 la Royal Geographical Society y el gobierno de Londres tenían avanzado el proyecto de una línea férrea desde la costa hacia Uganda. Viajar a la cabecera del Nilo había sido muy problemático por el Sur, como vimos antes, por eso cuajó la idea de construir un ferrocarril por el camino más corto. Era una nueva ruta plagada de peligros, pero con gran interés geopolítico y estratégico; por ejemplo, para las miras imperialistas las tropas podían ser transportadas rápidamente sobre raíles.

Unos años antes, en 1874, Stanley había abierto la corte del rey Mutesa I en Buganda (la actual Uganda), a los misioneros europeos. Estos no tardaron en llegar a Kampala, primero los protestantes ingleses en 1877 y después los católicos franceses en 1879. La dificultad de los viajes a la cabecera del río Nilo, que discurrían por las rutas del Sur, impulsó la necesidad de construir un ferrocarril utilizando el camino más corto.

 

A través del territorio masai

En África Oriental, para trasladarse desde las costas del océano Índico hasta los grandes lagos del interior, se seguía, como he dicho,  la ruta practicada desde la antigüedad por los comerciantes de esclavos árabes que era el camino más corto, pero también el más complicado. Por un lado estaba el desierto de Taru, paraíso de la peligrosa mosca tsé-tsé y verdadero azote para las caballerías, y por otra parte eran los dominios de los masai, sin duda una de las tribus más belicosas de todo el continente negro. No era pues de extrañar que cuando avanzaban las exploraciones europeas por África oriental fuera preferida la ruta del Sur en los viajes hacia tierra adentro.

Su curiosidad e inquietudes lo llevaron a confraternizar con los nativos.

Sus visiones sobre el mundo africano quedaron plasmadas en sus escritos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De tal forma, en 1882, la Royal Geographical Society organizó una expedición para abrir el camino a través del país masai. Era una ruta plagada de peligros, pero con un gran interés geopolítico y estratégico. El asunto más espinoso era encontrar quien se hiciera cargo de un viaje tan suicida. Primero se pensó en poner a Stanley al frente, pero resultaba muy caro, además, éste exigía un auténtico ejército dado que lo consideraba poco menos que una inmolación. Finalmente, se desestimó la opción de Stanley porque estaba fuera del alcance de los presupuestos de la Sociedad.

Mujer masai en el Norte de Kenia.

Joseph Thomson no tardó en ofrecerse sin condiciones y con un reducido grupo. Con pocas armas y tan solo 25 años de edad, el 15 de marzo de 1883 partió desde Mombasa para cruzar el temible desierto de Taru y adentrarse en territorio masai. Esta expedición fue considerada por el propio Stanley como un verdadero suicidio. Llevaban además dos burros, una cámara fotográfica, y Thomson unos libros de poesía, una gaita y una falda escocesa con los colores de su clan.

Antes de comenzar su viaje, Thomson se había encontrado con la desagradable sorpresa de que otro grupo, liderado por el naturalista alemán Gustav Fischer, ya había partido hacia el interior. Ambas expediciones fueron simultáneas, pero Fischer sólo consiguió llegar hasta el lago Naivasha. En abril, Thomson rodeó el Kilimanjaro y ya en tierra masai encontró un pueblo orgulloso y desconfiado, en plena decadencia a causa de las guerras internas y las epidemias de cólera y viruela. El explorador mantuvo una relación cauta con los aborígenes, estableciendo pactos y colmándolos de regalos. Les hizo creer que era un brujo que conseguía hablar con los dioses y trató de impresionarlos con sus trucos, tales como sacarse la dentadura postiza o añadir polvos efervescentes al agua.

Avanzando con cautela, y soportando la agresividad de los guerreros, Thomson llegó hasta lo que hoy se conoce como Nairobi, avistó el valle del Rift, el lago Naivasha y el monte Kenya. También descubrió el lago Baringo, bautizó con su nombre la catarata en el río Narok y nombró la cordillera cercana en honor de Lord Aberdare, por aquel entonces presidente de la Royal Geographical Society, para finalmente alcanzar las orillas del lago Victoria el 10 de diciembre de 1883. Al respecto, existe la anécdota que dice que ese día el joven descubridor de la ruta más corta hacia Uganda se vistió con ropas escocesas y junto al gran lago bailó una danza de su país.

Thomson, en 1883, fue el primer explorador europeo que llegó al territorio de los grandes lagos, precisamente por la ruta más difícil, abriendo con ello y de forma definitiva el conocimiento de las hermosas tierras del interior de Kenya. Esto que supuso también la expansión del colonialismo occidental en esta zona hasta entonces virgen.

El viaje de regreso fue largo y tortuoso. Thomson fue gravemente corneado en un muslo por un búfalo al que había disparado. Sin embargo, la herida abierta en su pierna, la disentería y los ataques de los masai no consiguieron doblegar la fortaleza del explorador, quien en mayo de 1884 terminó en Mombasa su histórico viaje que describió un año más tarde en su segundo libro Through Masai Land (1885). Había recorrido más de 4.000 kilómetros en unos 14 meses.

En lugar de retirarse a disfrutar de sus ganancias y su bien adquirida fama, continuó vagabundeando durante siete años por el continente africano (recorrió Sudán, las montañas del Atlas y el río Zambeze), con el único objetivo de cumplir su sueño de viajar, hasta que en 1895, con sólo 37 años, murió víctima de las numerosas enfermedades que se habían cebado en él durante su corta vida. Nuestro geólogo y naturalista graduado en Edimburgo vivió su aventura con pasión. Sufrió el llamado “Mal de África”.

A partir de entonces, otros pioneros comenzaron a frecuentar la vía abierta por Thomson. El siguiente fue el recién designado obispo anglicano de Kampala, James Hannington. En 1885 acudió a tomar posesión de su diócesis a través de la nueva ruta, descubriendo un lago que bautizó con su nombre y que hoy se conoce como lago Bogoria. El infortunado obispo no llegó, sin embargo, a su destino: fue asesinado en las orillas del lago Victoria por orden del cruel rey Mwanza II, ascendido al trono de Buganda en 1884, quien persiguió sistemáticamente a los cristianos y desconfiaba de todo aquel que llegara a su reino desde el Este.

Sus exploraciones supusieron la expansión del colonialismo en esta zona hasta entonces virgen.

Sobre Joseph Thomson cabe decir que la historia no le ha situado entre los grandes de la exploración como se merecía, pese a ser, muy probablemente, uno de los grandes. No fue en absoluto vanidoso, ni le atrapó el afán de gloria de muchos de sus coetáneos.

Casi moribundo, llegó a manifestar a uno de sus amigos: “Si tuviera fuerzas para ponerme las botas y caminar cien metros, me iría otra vez a África. Estoy condenado a ser un vagabundo. No soy un constructor de imperios, no soy un misionero, en realidad ni siquiera soy un científico. Lo que verdaderamente quiero es volver a África y seguir vagando de un lado a otro”.

 

Saúl Braceras

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