Rebecos en la niebla

Rececho en el Cadí

Hay días en los que los elementos se ponen en nuestra contra, días de lluvia, viento o incluso nieve que dificultan nuestra labor venatoria. Y días imposibles que, debido a la niebla,  nos quedamos excluidos por completo, ya que no podemos ver, y es que la vista es el sentido  más importante a la hora de cazar.

Gracias a una muy buena amiga me pude agenciar con un permiso de caza de rebeco para ejecutarlo en la Reserva Nacional de Caza del Cadí. Ésta tiene una extensión de 46.591 hectáreas situadas en el Pre-Pirineo central catalán, con sus tierras que se encuentran a caballo entre  las provincias de Lérida, Gerona y Barcelona. La especie más característica de esta zona es el rebeco (Rupicapra pyrenaica) y este fue el objeto  inicial de la creación de la reserva el año 1966. En su primer censo realizado el año 1968, la reserva tenía una población total de 78 ejemplares de esta especie que ha ido  evolucionado a lo largo de los años hasta llegar a 2.363 ejemplares censados en el año 2004.  Esta RNC del Cadí está considerada por muchos como una de las más duras, fruto de dos factores determinantes, por un lado la escarpada ortografía que complica y hace muy técnicos los desplazamientos por ella, sin contar las grandes distancias a recorrer antes de llegar a los cazaderos. Por otro lado, la actual baja densidad de animales (culpa de una enfermedad aparecida en Junio de 2005) provocada por un pestivirus,  dejó el censo en verano de 2006 en tan solo  930 ejemplares. Poco a poco la población se va recuperando gracias a la auto inmunización de los individuos.

Después de conducir durante varias horas bajo la lluvia junto a mi padrino, Pascual, quien me acompañaría a este rececho, llegamos a nuestra cita a las siete de la mañana  en la plaza mayor de  Ansovell, un pequeño y pintoresco pueblo de la Cerdanya (Lleida). Situado a 1.338 m de altitud en la vertiente norte de la sierra del Cadí, cuenta con tan solo 33 habitantes. Allí habíamos quedado con Josep Maria, el guarda de reserva que haría de acompañante y guía durante la cacería que iba a transcurrir en la zona de Obaga del Cadí. La amabilidad y hospitalidad de este guarda nos llamó la atención desde el primer momento,  gustosamente nos invitó a entrar en su casa para proceder a revisar los papeles mientras tomábamos un café calentito.

Entre las rocas iniciamos nuestra andadura.

En esta ocasión cogí uno de mis rifles favoritos para este tipo de cacerías, el Christensen Carbon Custom, ya que lo tiene todo para la caza en montaña, es ligero y más que preciso: es quirúrgico. Su calibre del .270 Whinchester Short Magnum es demoledor, incluso para realizar disparos a más de 400 metros de distancia utilizando munición comercial RWS. Cariñosamente lo llamo «El dedo de Dios» y es que si eres capaz de señalar un animal con el dedo, este rifle es capaz de abatirlo en un solo disparo. Como veis, la confianza que tengo depositada en él es máxima, fruto claro está, de los exitosos recechos y las múltiples sesiones en el campo de tiro practicando con él.

El día se presentaba complicado, la previsión meteorológica no era para nada favorable… pero eso es parte de la caza. Tras dejar el coche oficial con el cual nos habíamos adentrado en la reserva, empezamos a andar acompañados de una fina llovizna que iba cayendo sobre nosotros, ésta nos iría perfecta para poder testar la ropa especializada para caza en montaña de la marca Onca. Primero avanzamos por una pista forestal para adentrarnos más tarde por el medio de un espeso bosque de pino negro. Fuimos ganando altura a marchas forzadas, subiendo por empinadas rampas, llegando después de dos horas a la base de la Canal del Migdia, que se encontraba cubierta por la niebla. Tocó esperar a que se disipara para poder inspeccionar la zona en busca de rebecos, aprovechamos el tiempo para tomar un ligero tentempié, eso sí refugiados de la lluvia dentro de una gruta.

 

Dado que la visibilidad no mejoraba, Josep Maria decidió movernos hacia otra parte de la montaña a ver si nuestra suerte cambiaba y por lo menos podíamos ver algo. Así continuamos nuestro rececho, cruzando por un bosque de abetos hasta llegar al mirador de la Canal del Aigua, un espacio poseído por el ruido de agua bajando de la montaña. Allí, tras unos largos minutos de espera vimos como la niebla se empezaba a retirar empujada por una suave brisa, dejándonos con una impresionante y vertiginosa vista al valle, pero no a la montaña que es donde esperábamos avistar algún rebaño de rebecos.  Regresamos de nuevo sobre nuestros pasos hasta  la Canal del Migdia, allí la niebla ya había desaparecido.

Buscamos una buena posición y empezamos la prospección con los prismáticos de esa salvaje vertiente. Unos minutos más tarde descubrimos, justo al fondo, andando pegados a la peña dos rebecos. Después de observarlos con el telescopio terrestre,  los desechamos, ya que no cumplían con nuestras expectativas. Continuamos allí esperando con  la ilusión de poder ver más ejemplares, pero la paciencia llego rápidamente a su fin. Emprendimos el camino para ir a inspeccionar otra zona, cruzando por en medio de la canal  llena de piedras sueltas y subiendo por una empinada y resbaladiza cuesta hasta llegar a la Canal de Gónec.

Con vistas a su impresionante pala, nos aposentamos detrás de una gran roca con el fin de observar y aguardar sin ser vistos, en el más completo silencio; la llovizna que llevaba horas calándonos se detuvo. Era el momento de comer algo y reponer esas energías gastadas en las diferentes ascensiones. De golpe, el ruido de unas piedras cayendo llamó nuestra atención. Rápidamente localizamos qué lo había provocado, se trataba de una pareja de rebecos bajando a toda velocidad por la pala. Nos tocó correr protegidos por algunos matorrales hasta llegar a un claro donde interceptarlos en su trayecto. Se trataba de dos jóvenes ejemplares tampoco aptos para nuestras intenciones. Seguramente por las especiales condiciones meteorológicas del día, continuábamos viendo individuos solos pero ningún rebaño.

Tocó esperar a que se disipara la niebla para poder inspeccionar la zona en busca de rebecos.

Regresamos a nuestra roca para continuar aguardando, explorando cada risco, cada piedra en busca de más rebecos. Tras unos minutos, otro rebeco entró en escena, apareció por nuestra izquierda ascendiendo por la canal. Su marcha era lenta pero sin pausa, tan solo hacia pequeños parones observando el entorno, seguramente se sentía observado. Fue necesario seguirlo más de media pala para valorar bien la pieza. Era exactamente lo que andábamos  buscando. Siguiendo las instrucciones del guarda entré en “modo lance”: mi cuerpo y mi mente empezaron a trabajar como un auténtico depredador, localizando un buen apoyo para mi rifle y colocándome ya para ejecutar el disparo. Con la posición de tiro asegurada, Pascual me dio la distancia del lance medido con su telémetro: 432 metros. Procedí a centrar la elevación al visor, son  justo 6 MOAs para arriba. Una vez realizado me coloqué bien el arma y busqué el animal. Sin esfuerzo ya lo tenía metido en el visor y procedí a subirlo al máximo de aumentos para mejorar así mi puntería y asegurar el tiro. Mientras iba subiendo la magnificación, girando el anillo de los aumentos de golpe, se me quedó todo blanco perdiendo al animal. Automáticamente ajusté el paralaje, pero no sirvió de nada. Al sacar la vista del visor y descubrí que la pala había quedado poseída por la niebla, giré con cara de asombro hacia mis compañeros quienes, también sorprendidos, asintieron con la cabeza.

Después de observarlos con el telescopio terrestre, los desechamos, ya que no cumplían con nuestras expectativas.

Me levanté totalmente frustrado por la situación y Josep Maria se acercó y dijo: “Ramón, ese rebeco es el Hijo de la niebla”, contándome la siguiente historia: Cuenta la leyenda que hace muchos, muchísimos años,  las montañas que forman la Serra del Cadí quedaron cubiertas durante días por una espesa niebla, que ni el sol era capaz de penetrar. Cuando se retiró, en medio de uno de sus vertiginosos parajes apareció un impresionante rebeco, era el “Hijo de la niebla”. Quien intente darle caza descubrirá que es algo  imposible, ya que en el último momento la niebla lo protegerá dejando a ciegas a sus acechadores…

La verdad es que después de esa situación y esa peculiar historia, mi cabeza dio por finalizada la cacería, ni leyendas ni nada. Llevaba más de seis horas mojado, pateando esas duras montañas, viendo muy pocos ejemplares de rebeco y encima me encuentro con esa circunstancia. Hay que ser realista, la montaña había podido con nosotros, lo mejor sería ir para casa y volver otro día. Descargué el arma y guardé todo lo prescindible dentro de la mochila. Supongo que el guarda me lo vio en la cara y Pascual también, ambos me convencieron para quemar el último cartucho, emprenderíamos la bajada de regreso pasando primero por la Canal de l’Orri  de  a ver si nuestra suerte cambiaba. Más piedras, más bosque y una dura subida. Iba tan cabreado y poco concentrado que incluso me pegué dos resbalones que por lo menos consiguieron que entrara de nuevo en escena. Llegamos a la canal y nos paramos detrás de un gran boj a observar su gran pala, yo aproveché ese parón técnico para ir hasta un árbol cercano a realizar aguas menores. Cuando me giré vi a Pascual haciéndome señales con la mano indicando que me tirara al suelo y a continuación que mirara justo delante de mí. No fue muy complicado ver a un rebeco descendiendo lentamente por las piedras en el otro extremo de la pala. Mientras Josep Maria realizaba las oportunas observaciones con el telescópico terrestre, yo tirado literalmente en el suelo, entré en modo lance, procedí a alimentar de nuevo mi rifle sin hacer ruido, abrir el bípode y me coloqué en una buena posición de tiro esperando órdenes. El animal estaba a unos 150 metros, con lo cual ni toqué el visor, ajustado a 100 metros. De golpe me mira y me dice: “Es el mismo rebeco que antes, lo puedes disparar cuando quieras”.

El Christensen Carbon Custom lo tiene todo para la caza en montaña, es ligero y más que preciso, es quirúrgico. Su calibre del .270 Whinchester Short Magnum es demoledor, incluso para realizar disparos a más de 400 metros de distancia utilizando munición comercial RWS.

¿Hace falta que os cuente que pasó o a estas alturas ya os lo imagináis? No tuve ni tiempo de coger firmemente mi rifle y la niebla cubrió por completo la zona donde se encontraba el rebeco, sin duda era de nuevo el “Hijo de la niebla”. Nos volvimos a mirar todos ya con una sonrisa de desesperación en nuestro rostro, pero algo en mi interior decía que no me moviera y que permaneciera en alerta, me vinieron a la mente las palabras de mi buen amigo Pac: “Ten fe Ramón, ten fe”.

El autor con su rebeco.

Allí me quedé, inmóvil, y tras unos eternos minutos de espera, de la misma forma que había aparecido la niebla, desapareció. Descubrí asombrado que el rebeco continuaba allí, se había echado dándonos la espalda, a tan solo unos metros de donde lo había visto por última vez. La verdad es que no me lo podía creer. Me giré esperando recibir instrucciones para abrir fuego y vi que mis compañeros estaban con los prismáticos mirando hacia todos los lados en  búsqueda del animal. Les hice un leve silbido para que me prestaran atención, indicándoles que lo tenían echado justo enfrente. Tras observar que el ejemplar era el mismo, una mirada de complicidad de Josep Maria fue suficiente para que le colocara la cruceta en los cuartos traseros en busca de un “Texas heart shot”,  apretara el gatillo y se oyera un estremecedor disparo que dejó al animal en el mismo sitio.

La leyenda había llegado a su fin, ahora el “Hijo de la niebla” estaba camino al cielo de la rupicapras. Un lance increíble, con una historia que todos recordaremos durante años, especialmente cuando la niebla haga acto de presencia en alguna cacería.

En su esencia, es la incertidumbre del resultado  lo que convierte a la caza en algo verdaderamente especial. No hace falta hablar de leyendas ni de historias fantásticas, en más ocasiones de las que podamos imaginar la realidad supera a la ficción con creces. Desde estas líneas quiero agradecer al guarda  Josep Maria, por esta experiencia cinegética casi mística y poder descubrir junto a él esa parte de la Serra del Cadí durante una apasionante jornada con un final épico.

 

Ramón Fitó

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